Pregúntale a cualquiera en una mesa cuál fue el primer banco de México y, casi sin falla, dirá Banamex. Es una respuesta razonable. Banamex fue, durante un siglo, el banco: el de los grandes capitales porfirianos, el del archivo histórico, el de la casa de los condes de San Mateo de Valparaíso. La marca se volvió sinónimo de banca mexicana.
El problema es que es falsa por partida doble.
Primero, porque Banamex no fue el primer banco. Y segundo —esto lo sabe todavía menos gente— porque Banamex ni siquiera nació como un banco: nació como dos. Es una fusión disfrazada de origen.
Antes que todos ellos hubo otro. El primero de verdad. El que esta generación olvidó. Y la parte más extraña de la historia es que sigue vivo: hoy respira, sin nombre y sin memoria, dentro de un banco español.
1864: un banco para un imperio
Para encontrar el origen hay que retroceder a uno de los momentos más improbables de la historia mexicana. En 1864, México tenía un emperador austriaco —Maximiliano de Habsburgo— y una emperatriz, Carlota, instalados en Chapultepec por la intervención francesa. Benito Juárez resistía en el norte. El país estaba partido en dos.
Y en medio de ese desorden, el 1 de agosto de 1864, abrió sus puertas el Banco de Londres, México y Sudamérica: una sucursal del London Bank of Mexico and South America, Ltd. Lo levantaron dos ingleses, William Newbold y Robert Geddes, con un capital de 2.5 millones de pesos y una oficina diminuta en la calle de Capuchinas, a unos pasos del Zócalo. Al principio fueron cuatro empleados.
No era poca cosa lo que traían. En un país que operaba a punta de monedas de plata, pagarés y confianza personal, ese banco introdujo dos instrumentos que hoy damos por sentados:
- El primer billete bancario de México. El 13 de febrero de 1865 puso en circulación 1,400 billetes de cinco pesos. Después vinieron los de 10, 20, 50, 100, 500 y, para 1867, los de mil.
- El cheque, una forma de mover dinero sin cargarlo.
Piénsalo: el primer papel que circuló en México con la promesa "esto vale dinero" no lo emitió el Estado mexicano ni un prócer de la Reforma. Lo emitió un banco inglés bajo un emperador europeo. El capital, como casi siempre, llegó antes que las banderas.
Hubo intentos previos —el Banco de Avío de 1830, por ejemplo—, pero aquello era un fondo de fomento industrial del gobierno, no una banca. El primer banco que de verdad recibió depósitos, emitió billetes y sobrevivió fue éste.
el mito de Banamex: ni el primero, ni uno solo
¿De dónde viene entonces la idea de que Banamex fue el primero? De que fue el primero grande, el primero verdaderamente nacional. Pero llegó veinte años después, y llegó por fusión.
El 2 de junio de 1884, bajo la presidencia de Manuel González, se unieron dos instituciones que apenas operaban desde 1882:
- El Banco Nacional Mexicano, con concesión del gobierno y capital mayoritariamente francés.
- El Banco Mercantil Mexicano, un "banco libre" con capital sobre todo de españoles radicados en México.
De esa boda nació el Banco Nacional de México. Es decir: el banco que México recuerda como su punto de partida fue, en realidad, la combinación de otros dos —ninguno de los cuales era el primero—, montada dos décadas después de que el Banco de Londres ya emitiera billetes.
Banamex fue el primer gran banco. Nunca el primer banco. La diferencia, en historia del capital, lo es todo.
cómo sobrevive un banco a un país que se incendia
Lo interesante de esta casa no es solo que naciera primero. Es que no se murió —y para no morirse en México entre 1864 y hoy hay que cruzar el imperio, la República restaurada, el Porfiriato, la Revolución, dos guerras mundiales, la nacionalización y tres crisis.
El Banco de Londres las cruzó casi todas:
- En 1889 adoptó el nombre con el que pasaría a la historia, Banco de Londres y México, y absorbió al Banco de Empleados.
- El 29 de septiembre de 1916, en plena Revolución, el gobierno de Carranza lo incautó. Reabrió en 1921, con Obregón, pero con el capital diezmado.
- Entre 1910 y 1913 levantó su célebre sede afrancesada en 16 de Septiembre y Bolívar —"el castillo" del centro—, inaugurada el 3 de febrero de 1913.
Sobrevivir, en banca, no es crecer. Es no desaparecer en el peor momento. Y esta casa convirtió esa terquedad en su rasgo de carácter durante más de un siglo.
el nombre con el que lo enterramos: Serfín
Aquí empieza el olvido. Porque a finales de los años setenta —hacia 1977— el Banco de Londres y México hizo lo que hacen las instituciones viejas para seguir vivas: cambió de piel. Se fusionó con una financiera (Aceptaciones) y con un grupo de bancos regionales que ya usaban una palabra nueva en su nombre, Serfín, contracción de servicios financieros.
El acta no decía que moría un banco de 1864. Decía que nacía uno moderno. Pero la licencia, los clientes, la continuidad —el hilo— eran los mismos. El primer banco de México siguió operando; solo que ahora se llamaba Banca Serfín, y a nadie le contaron que ese nombre flamante cubría a la institución más antigua del país.
Así se olvida un banco: no se quiebra. Se le cambia el nombre.
el último presidente del consejo
A mí esta historia no me llega por un archivo. Me llega por la sangre.
El último presidente del consejo del Banco de Londres y México fue mi bisabuelo, Francisco Maldonado, que también presidió la Asociación de Bancos de México. Bajo su gestión, la casa fundada en 1864 se integró para formar lo que sería Servicios Financieros Serfín. Él fue, en cierto sentido, el hombre que firmó el cambio de nombre: el que cerró el capítulo del banco más viejo de México y abrió el siguiente.
Cuento esto no por nostalgia familiar, sino porque explica por qué existe la forja del capital. Crecí cerca de una historia que el país había olvidado, contada por dentro. Y aprendí temprano que el capital mexicano no es una lista de fortunas: es una cadena de manos que reciben, transforman y entregan una misma cosa, generación tras generación.
la cuenta final: lo que costó y en cuánto se vendió
El último tramo de la historia es el menos romántico y el más caro, y conviene contarlo con números, no con adjetivos.
En 1982, López Portillo nacionalizó toda la banca. A principios de los noventa, Salinas la volvió a privatizar, y Serfín regresó a manos privadas. Pero llegó frágil, y la crisis de 1994-1995 —el "error de diciembre", el Tequila— lo hundió. Para 1999 ya no era viable.
Entonces el Estado pagó la cuenta. La CNBV calculó al inicio que sanearlo costaría unos 20,000 millones de pesos (cerca de 2,000 millones de dólares). El número real fue otro: entre el Fobaproa y luego el IPAB, el rescate de Serfín terminó comprometiendo alrededor de 123,000 millones de pesos —unos 12,000 millones de dólares—. Antes de venderlo, el IPAB todavía tuvo que inyectarle más de 2,000 millones de dólares de capital fresco.
Limpio por el contribuyente, el banco se subastó. En el año 2000, el Grupo Financiero Santander ganó la puja con una oferta de 14,650 millones de pesos, alrededor de 1,560 millones de dólares de entonces. Por ese precio se llevó 927 sucursales y 1,648 cajeros. En 2006, la marca "Santander-Serfín" desapareció del todo.
El contraste con el "primer banco" de la leyenda es brutal. Banamex —el que sí recordamos— terminó también en manos extranjeras: lo compró Citigroup en 2001 por unos 12,500 millones de dólares. Los dos relatos rivales de la banca mexicana, el famoso y el olvidado, acabaron en el mismo lugar: vendidos a un banco de afuera, con un siglo de diferencia de origen y un abismo de precio.
el banco que sigue vivo
Y sin embargo no murió. Esa es la parte que casi nadie cuenta.
Cuando hoy entras a una sucursal de Santander en México, estás entrando —por línea de continuidad, licencia y herencia— a lo que un 1 de agosto de 1864 abrieron dos ingleses para un imperio que no llegó a durar. El primer banco del país no está en un museo. Está operando, sin saberlo, bajo otra bandera y otro nombre.
Por eso lo llamo el banco olvidado: no porque haya desaparecido, sino porque sobrevivió tan bien que dejamos de reconocerlo. Banamex se quedó con la memoria; el Banco de Londres y México se quedó con la continuidad.
En la historia del capital, una de las dos cosas se hereda mejor que la otra. Y casi nunca es la que recordamos.